domingo, 22 de abril de 2018

Niños rotos


Hace unos días vi cómo una puerta de cristal se rompía en mil pedazos. Una fuerte presión incontrolada hizo que cayera al suelo con estrépito, llamando la atención de todos quienes miraban. Afortunadamente, nadie resultó herido.

Viendo cómo un cristal puede partirse en tantos trozos diminutos, rápidamente evoqué un pensamiento de dolor. Cuántas almas me he encontrado rotas en pedazos, como ese cristal. A lo largo de mi vida, he tenido la ocasión de conocer a muchos niños que viven o han vivido situaciones difíciles debido a un entorno familiar y social de riesgo. Las relaciones conflictivas han llevado a las familias a vivir momentos de ruptura y violencia; en algunos casos, la falta de recursos ha conducido a la negligencia y la desatención. Otras veces, los pequeños han sufrido golpes emocionales y sicológicos o han vivido la soledad en medio de una familia que sólo se preocupaba por las cuestiones materiales, olvidando el alimento afectivo que todo niño necesita para crecer.

El niño que sufre está notando que se le usurpa el derecho a ser un niño normal, alimentado, querido y envuelto en un clima de confianza y amor. En definitiva, en un espacio sereno, educativo y lúdico. Los niños necesitan, y mucho, miradas cálidas, gestos de ternura, un referente moral y educativo en su proceso de crecimiento. Son muchos los niños que, a corta edad, están sufriendo las contradicciones de los adultos, el egoísmo de una sociedad que mira hacia otro lado y la frialdad de unos gobiernos incapaces de tomar medidas.

Lo cierto es que esos niños están soportando un dolor tan fuerte que su psique termina quebrándose, como aquella mampara de cristal. Su dolor es un grito silencioso en medio de un mundo insolidario e irresponsable. Aquellos cristales esparcidos por el suelo me han recordado tantos niños cuyo sufrimiento rasga las entrañas de nuestra sociedad. Cuántos niños lloran porque quieren vivir su niñez en paz. Pero su llanto no quiebra el corazón blindado de muchos que viven indiferentes o ignorantes de tanto sufrimiento.

Los niños tienen derecho a ser niños y a florecer en todo su potencial. ¿Quién puede ser tan gélido e insensible al dolor de los niños? Si se les arranca el derecho a jugar, a reír, a aprender en un ambiente cálido y de apoyo, ¿qué será de ellos?

Puede parecer que exagero, pero conozco muy bien el tema por mi trabajo en la fundación ARSIS, que creé hace muchos años. En ARSIS estamos atendiendo a niños que han sufrido situaciones de maltrato o negligencia límite en sus hogares. Las historias de estos pequeños son sobrecogedoras.

Muchas de estas situaciones el papa Francisco las denunció en una de sus homilías por Navidad. Un niño sin alegría será un joven abatido y desconfiado, un adulto falto de razones para vivir, incapaz de dar sentido a su vida, con dificultades para encontrar trabajo y generador de conflictos sociales. Quizás tenga problemas con el alcohol o las drogas y se convierta en un incapacitado. Quizás termine como un indigente que camine sin rumbo, sin compañía, sin afecto. La soledad se convertirá en su refugio y la amargura será su compañera. Un ser sin horizonte ni esperanza, sin caminos. Las cuerdas vocales del alma se quedarán sin voz, pero en el rincón más hondo de su corazón continúa vivo aquel niño roto que sigue gritando hacia adentro. El sol de su infancia se eclipsó y ahora vive en un permanente invierno. ¡Cuántos niños rotos siguen creciendo sin poder rehacerse! Pero, ¿acaso se puede reconstruir un cristal partido en mil pedazos?

Puede haber grandes profesionales, psicólogos humanitarios y entregados, que logren ensamblar muchas piezas, uniendo los cortes. Pero las juntas serán cicatrices que siempre estarán ahí.

El reto terapéutico para ayudar a estos niños y adolescentes es que, con paz, intenten aceptar y más tarde abrazar esas heridas que, pese a todo, forman parte de su legado. Quizás cuando superen el resentimiento, bien acompañados, puedan asimilar esta gran lección vital y ayudar a otros niños que sufren. Quizás se conviertan en grandes defensores de los derechos de la infancia. Algunos activistas o terapeutas lo han hecho así: fueron niños maltratados o abandonados; siendo adultos, se han volcado en una lucha incansable por devolver al niño su dignidad. Han convertido su fragilidad en heroísmo y sus heridas en fortaleza.

Hay quienes caen en el victimismo y se hunden. Pero otros pueden convertir los gritos y los pedazos rotos en el abono de una vida renovada, reconciliada, capaz de dar fruto pese a las cicatrices del alma. Todos tenemos esa fuerza dentro. Y los niños, especialmente, son muy fuertes. Si reciben ayuda durante su infancia pueden remontar. Un cristal roto no puede recomponerse… Pero la vida no es materia inerte. Aunque queden las marcas del dolor, siempre será posible reconstruirse.

sábado, 7 de abril de 2018

El desafío de la libertad


La libertad nos impulsa


La libertad forma parte de la realidad intrínseca del ser humano. El hombre está concebido para expandirse, crecer, madurar y sacar afuera todas sus capacidades y talentos. La libertad le permite desarrollar su creatividad, de aquí que esta se convierta en la raíz más profunda que constituye su ser.

Es verdad que por miedo o por huida a menudo nos autolimitamos y renunciamos a nuestras enormes capacidades. Pero, ¿cómo hacer uso de este gran potencial que nos lanza al desarrollo humano, intelectual, social y creativo?

El uso de la auténtica libertad nos lleva a conseguir metas asombrosas, atreviéndonos a hacer realidad lo que para muchos es imposible. La libertad verdadera nos empuja a trascender las estructuras, las ideologías y las doctrinas, llevándonos a vivir en tierra de nadie, en la frontera, donde la soledad, el miedo y la incerteza no nos impiden avanzar. Cuanto más avanzamos, los retos son mayores, pero más crecemos.

¿Lanzarse al vacío o ahondar hasta lo más íntimo de nuestro castillo interior? Será lo que nos ayudará a saber quién somos y para qué estamos en este mundo.

Ser persona es ser libre


La libertad nos llevará a concentrarnos en lo que somos, y descubriremos lo que ni siquiera podíamos imaginar en nosotros mismos: un alma con una enorme capacidad de volar, sin temer a los vientos interiores. Esta es la gran hazaña del hombre: ser libre, en su totalidad, sin hipotecas educativas, culturales, familiares o sicológicas.

El despliegue como persona nos pedirá superar los temores más íntimos, causados por la presión social y los patrones emocionales. Seremos más libres cuanto más conscientes seamos. Un hombre que no es libre no es hombre, porque lo que le hace persona es la libertad. Todo lo que anhelamos en lo más profundo de nuestro ser forma parte de nosotros. De la misma manera que decimos que el cuerpo es 70 % agua, y que ésta forma parte de nuestra naturaleza, lo mismo diremos de la libertad: no es un accidente ni una opción, es algo esencial en nuestra naturaleza. Todos nacemos libres, aunque esto sea una cualidad que debamos desarrollar y acrecentar.

Liberarse de cadenas


Pero ¡cuánto cuesta ser libre! Conseguirlo tiene su precio y sus riesgos. El pasado pesa, pesan los errores, los miedos y las inseguridades, el qué dirán los demás. Los padres marcan mucho, y los amigos también. Pero hay una hipoteca mayor, que es uno mismo. Cuesta deshacerse de los propios lastres, de la imagen que queremos ofrecer a los demás; nos da pánico mostrarnos tal como somos. Vigilamos cuidadosamente de dar una buena imagen, y nos da vértigo afrontar el abismo más profundo de nuestra psicología. El inconsciente nos da pavor. Vivimos en una burbuja porque nos da miedo erosionarnos con la realidad y que esta nos haga descubrir quiénes somos.

¿Quién se atreve a salir de sus propias esclavitudes para cortar sus cadenas? ¿Quién se atreve a abrazar y asumir sus propios agujeros para llegar al fondo del abismo de su ser? ¿Quién se atreve a salir de sus murallas, de su cárcel interior? Preferimos una cárcel de oro antes que la inhóspita intemperie, donde sabemos que no hay nada seguro, hace frío o hace calor, sopla el viento, sentimos soledad e impotencia ante la inmensidad de lo que hay afuera. Cortar la soga de nuestras seguridades y lanzarnos a lo desconocido, tanto de adentro como de afuera, es una gran epopeya que nos ayudará a vivir plenamente, hasta descubrir las consecuencias últimas de la libertad. ¿Estamos dispuestos a desengancharnos de nosotros mismos para ser uno con los demás y generar nuevos vínculos, que nos espoleen a descubrir la propia identidad?

Para conseguir la perla de la libertad tenemos que dejar todas las comodidades y dejar de autoidolatrarnos. Hemos de conseguir que se armonicen la voluntad, los deseos, las emociones y la inteligencia: si somos capaces de hacerlo habremos iniciado un viaje hacia la total felicidad, que es algo más que un estado emocional, es una manera de vivir y de ser. Valdrá la pena dejar muchas cosas atrás.

Es maravilloso ser humano, sin miedo a las ráfagas del viento que sacude la inmensidad del cielo. Cuando uno se libera de sus cadenas alcanza la libertad total, el éxtasis de su plenitud.

domingo, 18 de marzo de 2018

Madres omnipresentes


La vertebración de una sociedad armónica, justa y solidaria depende de los valores que se viven en la familia. Hoy, más que nunca, es un reto educativo crucial. Una familia agrietada, dividida, enfrentada, va a tener su repercusión en la sociedad. Una familia acogedora y dialogante, que sea capaz de generar espacios de convivencia pacífica, es fundamental. Si esto falla, con el tiempo se darán conflictos que llevarán a la familia a situaciones límite, minando la confianza y la alegría.

El papel de las madres es fundamental para una convivencia sana y equilibrada. Cuántos problemas generan las madres que no saben estar en su sitio. Especialmente aquellas que no saben asumir el crecimiento, la madurez y la personalidad propia de los hijos, cuando poco a poco se van haciendo adultos.

A muchas madres les cuesta asumir que el ejercicio de su maternidad adquiere un matiz diferente cuando llega la mayoría de edad de los niños. Muchas madres no aceptan que sus hijos se hagan mayores, que piensen diferente, que tengan amigos que quizás ellas no elegirían, que hagan y decidan cosas opuestas a las que querrían sus padres.

La mayoría de madres no tienen más remedio que aceptarlo. No todas lo hacen de buena gana. Algunas intentan seguir controlando las vidas de sus hijos, metiéndose en sus trabajos, queriendo influir en sus decisiones e incluso en su vida matrimonial y en la educación de los niños. Estas madres no se dan cuenta de que quizás el modelo de familia y de cónyuge que han ofrecido a sus hijos ya no es un referente moral para ellos. Estos desean tener su vida propia y no quieren injerencias, más allá de los deberes básicos de las madres. Cuando se dan estas intromisiones, la madre no siempre está preparada para reflexionar sobre su nueva situación y los roces se producen irremediablemente. Aunque los hijos no quieran enfrentarse a su madre, sus corazones van quedando heridos. La actitud de las madres puede producir una reacción de mayor alejamiento, creando situaciones dolorosas y difíciles.

Es importante que las madres comprendan que se están equivocando, aunque lo hagan creyendo que es lo más correcto. Deben aceptar que sus hijos tengan una visión diferente de la realidad. Muchos intentan liberarse de la opresión materna y del abuso de autoridad. Son adultos, tienen que decidir lo que les conviene, aunque sea distinto a lo que piensa la madre. Deben aprender y seguir su propio camino, en libertad. Por supuesto, si se dan situaciones de serio peligro para la vida de los hijos, que amenacen su seguridad y su salud, una intervención oportuna de los padres siempre será necesaria.

El nuevo rol de las madres maduras


Algunas madres no son referentes para sus hijos. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió en la familia? ¿Cómo vivieron los niños su infancia? ¿Cuánto tiempo les dedicó? ¿Cómo se relacionaba con ellos? Hay casos de sobreprotección, pero cada vez se dan más casos en que la madre, por exceso de trabajo y compromisos, no ha pasado tiempo suficiente en casa como para afianzar los vínculos afectivos. Muchos jóvenes ya no creen en el modelo matrimonial de sus padres. Para muchas niñas, el modelo de su madre las marcará toda su vida. Pero si no es un modelo que consideran imitable, se alejarán de ella para no enfrentarse.

Cuando los hijos se hacen adultos, muchas madres no saben qué hacer. Y más si no trabajan fuera de casa y están viviendo situaciones conflictivas en su matrimonio. Ya no tienen niños que cuidar, ¿cómo emplearán su tiempo? ¿Hacia dónde enfocar sus energías y su creatividad? Sienten un vacío, pierden el control de la situación y se desorientan, sin saber qué rumbo poner a su vida.

Es importante que la mujer madura, con hijos ya crecidos y emancipados, se plantee qué quiere hacer en esta nueva etapa de su vida, sin tener una omnipresencia en la familia. Debe aprender a estar de otra manera con sus hijos, renunciando a ejercer su influencia sobre ellos y a interferir en sus vidas, y esto es un reto difícil de asumir.

Más allá de la consanguinidad, las madres han de cambiar su papel. Han de aprender a escuchar más, callar más, dejar hacer más y, sólo cuando los hijos solicitan su consejo, dárselo sabiamente y con cariño, sin imponerles nada. Las madres maduras deben apearse de su atalaya de autosuficiencia y convertirse en consejeras humildes y discretas. Los hijos también han de ver que sus madres tienen una vida propia: con su marido, con sus compromisos sociales y sus amistades. Para los hijos, el mejor ejemplo es ver que sus madres están en el lugar que les toca, velando con discreción por la familia, pero sin entrometerse en sus vidas a menos que les pidan ayuda.

La mujer, madre adulta y con hijos emancipados, tiene una gran oportunidad para reenfocar su vida desde la libertad, sin ninguna hipoteca emocional.

Sólo así podrá darse un reencuentro con los hijos, desde la adultez de ambas partes, lleno de gozo y alegría.

domingo, 4 de marzo de 2018

Copos de nieve sobre el alma


Un manto de nieve cubre más de la mitad de España. En Barcelona, el día se despierta con una gélida lluvia bajo un cielo gris. Debido a la amenaza de nieve, muchas personas no salen de sus casas. Las calles están más desiertas de lo habitual.

Son las diez de la mañana y las gotas de lluvia se clavan como agujas de hielo en la piel. De nuevo me dispongo a visitar a Susi, en el equipamiento sanitario donde la han trasladado. La solidez del edificio, de reciente construcción, contrasta con el descampado de tierra, desolado y pobre, que lo rodea. Pienso que un lugar de recuperación debería tener un entorno más bello: un jardín, unos bancos, algún árbol que hiciera más amable la terapia de restablecimiento de los enfermos. Pero, más allá de estas consideraciones, me doy cuenta de que lo fundamental en el proceso de mejora de la salud, más que un entorno bonito o un edificio bien equipado, con las últimas tecnologías, es el valor de los cuidadores, familiares y amigos. Su presencia es definitiva para sobrellevar con paz la situación.

La gelidez del día contrasta con el torrente de dulzura que percibo, expresada en infinidad de gestos hacia la enferma. Así lo puedo comprobar con Julia, la hermana de Susi, y Ricardo, su esposo.

Julia, atenta y cariñosa, la cuida con enorme ternura, le habla en voz suave y la mira con esos ojos del que siente un profundo amor. Siendo una mujer enérgica, sobrelleva con delicadeza extrema una situación difícil, donde se atisba la penumbra de la muerte. Cuando cruza miradas con su hermana, se nota que no quiere que sufra. Ella misma se convierte en bálsamo y con el calor de sus manos le transmite que está con ella. Firme, acogedora, como una madre. Frente a la fragilidad de su hermana, siempre atenta a sus gestos y miradas.

Y Ricardo, aunque casi sin ruido, siempre está allí, cerca, con su corazón vibrando desde lo más profundo de su silencio, quizás todavía preguntándose por qué está ocurriendo todo esto. Ni siquiera la ciencia médica le ha podido dar respuestas. Calla mientras de su corazón sale un gemido mudo lanzado al infinito. ¿Por qué a ella?

Pese al dolor intenso, la mira con delicadeza, le sonríe, acaricia sus mejillas, se adivina la complicidad cuando se miran. Sin decirle nada, se lo dice todo. El dolor le puede haber encogido el corazón, pero no el alma. En poco tiempo se han dicho muchas cosas. Quizás las palabras podrían molestar, pero no la suavidad de un gesto, de una presencia que suena como una dulce melodía.

Julia y Ricardo, con su esmero y su cuidado incansable, son una brisa primaveral en medio del frío flagelante. Estoy allí, delante de ellos, y procedo a la celebración de la unción de enfermos.

Miro con gratitud a Susi y le explico lo que vamos a hacer. En medio del dolor y de la enfermedad Dios se hace presente a través de la unción con el óleo santo, para que su gracia penetre en lo más profundo de su ser.

La respuesta de Dios ante el sufrimiento y nuestra debilidad es su protección y apoyo, su calor. A través de la imposición de manos la presencia amorosa del Espíritu alivia esos momentos en que uno se siente débil, desconcertado e inseguro. Dios sabe penetrar en lo más hondo de nuestra realidad, confortándonos. Nos ama, tanto sanos como enfermos. En su infinita misericordia, desborda amor.

Rezamos las oraciones del ritual y le digo que Dios está en su corazón, muy presente. Ella parece que quiere hablarme, jadea, sus ojos no dejan de mirarme, como si quisiera decir algo. Estoy a punto de romper a llorar. Su jadeo aumenta mientras voy recitando las oraciones. Cuando rezamos el Padrenuestro, sus manos empiezan a temblar.

Le tomo la mano, me la aprieta con fuerza y siento que una comunicación silenciosa hace vibrar todo su cuerpo. Le digo que Dios la quiere, y que se lo perdona todo. Que se sienta en paz. Ha hecho muchas cosas buenas por la parroquia, colaborando en el comedor social; ha ayudado a muchas personas y esto Dios lo bendice.

Son momentos intensos. Me estremece, por un lado, palpar su fragilidad e indigencia absoluta; por otro lado, siento la fuerza de un ser que se agarra a la vida, aunque esta se le escape de entre las manos.

Creo que es consciente, en todo momento, de lo que está ocurriendo. Quizás no puede ver bien, pero sí oír. Sabe que estamos allí en un momento crucial de su vida. Está entre la luz y la oscuridad, entre la debilidad y la fuerza, entre el desespero y la esperanza.

Susi, una luz divina te envuelve, como la nieve que cubre los campos y esa lluvia fina que no deja de caer. Una luz invisible que va cubriendo tu alma, vistiendo de blanco reluciente las montañas de tu existencia. Siento que estás ante ese velo invisible que te separa de mí y de los tuyos. Estás ahí, mirando más allá. Tras el vendaval de tu existencia, quizás ya presientes que, en tu vida, aletea suavemente la primavera de la eternidad.


Ese día tuve una experiencia reveladora sobre los límites humanos frente al dolor y la enfermedad, la muerte y las últimas certezas, que van más allá de la razón. Certezas sobre un misterio que todo lo envuelve, trascendiéndonos, y que no se revela hasta que nos encontramos con el Ser Infinito. Una experiencia impactante, intensa y bella.

domingo, 25 de febrero de 2018

23 de febrero, sesenta años después

El invierno azotaba con toda su crudeza aquel pueblo del sur. Aquel hombre salió de su pueblo natal de Extremadura, en Badajoz, dejando atrás una bella esposa y cuatro hijos. La miseria de la postguerra le empujó, a contra corazón, a alejarse de su familia para buscarles medios de vida. Y se fue a trabajar a Sevilla, en el puerto, cargando y descargando mercancías. Allí, una fría mañana de febrero, la muerte le salió al encuentro, inesperada y rauda como un golpe de hoz.

Antes de ir al trabajo, no se sentía bien. Para vencer el frío, fue a desayunar a un bar, tomó un vaso de vino y un bocadillo. Cuando salió a la calle y se dispuso a cruzar, cayó desplomado al suelo.

Tenía un hermano que trabajaba también allí y pronto acudió a su lado. Él fue quien tuvo que dar la triste noticia y avisar a su esposa y a su familia, en el pueblo. Ella y su suegro viajaron de noche y apresuradamente, montados en un burro, entre vientos y lluvia. En Sevilla, en el funeral, a la viuda le dieron un pañuelo que habían encontrado en el bolsillo del difunto, con un panecillo envuelto. No llevaba nada más consigo.

Tras la muerte de su amado, ¿qué ocurrió con aquella esposa? Ni siquiera pudo despedirse de él, ni le pudo dar una sepultura en el pueblo, como hubiera deseado. El día antes él había estado en el pueblo, a donde regresaba los fines de semana y siempre que podía para ver a su mujer y a los tres pequeños. Ella esperaba otro niño, embarazada de pocos meses.

Siempre recordaría la última noche que pasó con él, los últimos abrazos, intensos y ardientes. Él era un hombre joven, fogoso y lleno de vida. Se había quedado un día más en el pueblo, antes de regresar a Sevilla. Como si hubiera querido alargar los momentos de amor apasionado, estirando al máximo un tiempo que se le terminaba. Como si hubiera presentido que aquellas horas serían las últimas que pasaría junto a su esposa.

Y recordaría, también, su despedida, ya en la puerta, bajo el dintel, el último abrazo y la última mirada, con el corazón sangrante. Él se alejó hasta desaparecer por la calle, mientras los ojos de ella se velaban de lágrimas. Cuando cerró la puerta, ¿podía imaginar que jamás volvería a verlo vivo?

El brillo intenso de sus hermosos ojos verdes se apagó. Su luz se extinguió. ¿Qué ocurrió con aquel trocito de pan? Era lo último que a la esposa le quedaba de él. Lo guardaría durante cincuenta años. Aquel pan, símbolo del esfuerzo de un padre que quería alimentar a sus hijos, hacía más soportable su ausencia. ¡Cuánto debió amarlo, en aquellos cincuenta años de soledad! Ni la oscuridad de aquel trágico día, ni el diluvio que siguió a su muerte, ni la terrible ausencia pudieron apagar el fuego vivo de su amor.

Cuando la razón de tu vida desaparece, te falta el aliento y la respiración. Hasta que, con el tiempo, aprendes dolorosamente a respirar sin él, porque el tren de la vida te sigue llevando, empujándote. Sumida en el anonimato, en el vértigo de una ciudad cosmopolita donde fue a trabajar, la esposa viuda nunca dejaría de latir por él.

Su vida no fue fácil. Tuvo que afrontar situaciones límite en el ámbito familiar y laboral. Aquejada por diversos problemas de salud, ya envejecida, siempre la contemplé como una luchadora que, en medio del trajín diario, tuvo que sortear el peso de la ausencia de su amor. Sus callados recuerdos la mantenían viva en la más profunda de las soledades.

El duelo le duró 50 años hasta que su corazón encontró la paz y el sosiego. Aquel día ya estaba preparada para apearse de su largo combate. Tenía 93 años cuando murió en el hospital de Sabadell. Él hubiera cumplido 96. Ahora continúan su historia de amor en otra dimensión, la plenitud de los cielos. Más allá del cosmos, los dos se volverán a fusionar bajo la mirada de un Dios amor que nos ha prometido la vida eterna. Se acabaron la soledad, la oscuridad, las lágrimas. Se acabaron la desazón y el dolor. Ahora viven en una eterna alegría, que nunca más se truncará. 

domingo, 18 de febrero de 2018

La sombra del misterio

Era una mujer con vigor inagotable, con una salud de hierro, que esparcía vida por todos sus poros. Servicial y comunicativa, cuando le preocupaba algún tema se metía a fondo: nunca se rendía. Extrovertida y conversadora, el mundo se le hacía pequeño. Vivía con intensidad, sin tregua. Hacía deporte, caminaba, estaba en mil cosas a la vez, apurando las horas y los minutos. El día se le quedaba corto, quería más y más.

Su inquietud social la llevó a tener una gran sensibilidad hacia los pobres y los que sufren. Fue voluntaria del comedor social de la parroquia de San Félix. Su dedicación y su fuerte personalidad hicieron de ella una coordinadora con criterios y principios robustos.

Así era Susi, expansiva y dinámica, siempre metida en mil asuntos e intentando ayudar a los demás, aunque no siempre le saliera bien. Era la mujer incansable, siempre a punto.

Hasta que, unos meses atrás, unos vértigos extraños empezaron a aquejarla. Los médicos no acertaban a ver qué enfermedad podía esconderse tras aquellos síntomas. Con el paso de los días, los mareos y un temblor que parecía inicio de Parkinson se fueron intensificando. Eran señal de que algo estaba sobreviniendo en su cerebro, pero nadie encontraba la causa.

Aquella Susi, que estallaba en vida, comenzó a declinar. La debilidad creciente le resultaba incomprensible e injusta, ¿por qué le pasaba todo esto a ella, tan volcada en ayudar a los demás? ¿Por qué una persona de vitalidad inagotable cae de esta manera?

Más allá de las preguntas, la enfermedad de Susi me ha llevado a meditar en la fragilidad del ser humano. Por mucho que uno piense, luche y haga, sean cuales sean sus motivaciones, hay algo que siempre se nos escapa. Algo que ni la filosofía ni las ciencias pueden agotar. Es el misterio imprevisible del ser humano. Hay aspectos de la persona que nunca acabaremos de entender. Por mucho que viajemos hacia nuestro interior, en nosotros hay zonas insondables a donde nadie puede llegar. Zonas desconocidas que escapan a la razón. Ante la impotencia, hemos de aprender a vivir en ese espacio oscuro a donde no llega la luz y asumir que esta realidad, por muy dura que sea, forma parte de nuestra naturaleza.

Todo lo que cae fuera del conocimiento nos genera temor. El miedo a lo desconocido y sus consecuencias nos abruma. La complejidad del cerebro y de nuestra composición genética es inmensa. Pero, además, en nuestra vida pesan las emociones, las antecedentes familiares, las consecuencias de nuestra forma de vivir, rasgos genéticos que no controlamos, efectos tóxicos del medio ambiente, de los alimentos que tomamos… Cualquier componente químico puede alterar nuestro cerebro y afectar a nuestra capacidad para movernos, hablar, ver y sentir. Un virus, una mutación, una serie de factores que se nos escapan pueden reducir un mar de vida a un pequeño riachuelo que baja, con un hilo de agua, hacia un abismo perdido entre montañas.

Susi es un eco de lo que fue. La mutación de un gen le produce una proteína que literalmente le está devorando el encéfalo. Cuando voy a verla al hospital ella me mira, clavando sus ojos en los míos. Apenas puede hablar, pero lo intenta. Me estremezco ante su esfuerzo y sólo puedo permanecer en un profundo silencio, que me sale de lo más hondo. Siento su terrible vulnerabilidad, quisiera decir algo, pero no encuentro palabras. El silencio se hace doloroso, se me parte el alma e intento buscar respuestas más allá de la razón, en la vida, en el misterio… en Dios.

Sólo puedo mirarla con dulzura y agradecer lo que ha hecho en el comedor social y en la parroquia. Una lágrima baja por sus mejillas. Un ser se desvanece. Me habla con sus ojos, con sus manos temblorosas, con su mirada fija. La beso en la frente, sintiendo que la vida todavía corre por sus venas y que un bucle de pensamientos, emociones y recuerdos pasa por su mente. Su alma todavía se comunica, de otra manera. Ella sigue siendo ella y yo tengo que aprender su nuevo lenguaje.

Soy testigo de esa sombra del misterio, del dolor humano. Salgo del hospital y pienso cuán frágiles somos, como aquellas amapolas de los campos, llenas de color, que un golpe de aire puede marchitar en un solo día. ¿Por qué tanta belleza efímera? ¿Por qué tanta vida fugaz, pasajera? Sólo Dios puede descifrar este misterio. A nosotros sólo nos queda contemplarlo, aún en medio del dolor de ver cómo un ser humano se va apagando. También el enfermo tiene su belleza, porque es persona, porque sigue viva. Ojalá nunca olvidemos que, pese a las sombras, sigue habiendo belleza en el mundo.

Rezo por Susi en este peregrinaje que ha iniciado hacia el infinito. 

domingo, 4 de febrero de 2018

Hedonismo intelectual

Gracias a la razón la ciencia ha avanzado exponencialmente en sus diferentes disciplinas. La sociedad del conocimiento está permitiendo grandes progresos tecnológicos y científicos. El progreso es imparable buscando mejoras en todos los ámbitos del saber, así como nuevos filones de negocios y la creación de una sólida estructura empresarial que permita cubrir todas las necesidades de la sociedad. La humanidad avanza y los retos son cada vez mayores. Potenciar la inteligencia ha permitido descubrir cosas insospechadas, tanto en biología como en medicina, física, ingeniería y astronomía. Los inventos se multiplican y muchos de ellos han mejorado nuestra vida ―aunque no todos―.

Teniendo todo esto un enorme valor, hemos caído en la idolatría de la razón, convirtiéndola en una diosa, sin caer en la cuenta de que hay otros aspectos de la vida del ser humano que quizás hemos descuidado y no les hemos dado el valor que se merecen, como por ejemplo, el cuerpo.

Hemos olvidado el cuerpo


Hemos sobrevalorado la inteligencia, la capacidad cognitiva del hombre, el saber y el conocimiento. Esto se ve claramente en nuestro sistema educativo. Incluso hemos valorado a las personas por su rendimiento intelectual. Pero hay otros tipos de inteligencia que tienen tanto valor como la capacidad de crear entelequias.

Podemos hablar de la inteligencia práctica, la inteligencia emocional, artística, creativa, incluso de una inteligencia relacional, de “saber ir por el mundo”, o la capacidad de adaptación, que sabe enfrentarse a cualquier situación de la vida. No es la inteligencia matemática que descodifica un logaritmo y extrae de él innumerables aplicaciones científicas. También existe la inteligencia doméstica, o “de andar por casa”.

Inteligencia es algo más que generar abstracciones. Es más que tener una buena memoria o la capacidad de vertebrar un discurso de forma amena y pedagógica. Existe también una inteligencia de lo pequeño, de las cosas sencillas, una inteligencia del orden, del cuidado, de la salud, del cuerpo, del bienestar.

Pero occidente, en su mentalidad dualista, ha separado el cuerpo y la mente de tal manera que en algunas ocasiones se ha producido un divorcio. Cuando se habla de hedonismo, uno tiende a pensar en alguien que vive pendiente de los instintos, de su aspecto físico y su bienestar corporal. Pero existe otro hedonismo, que es el que rinde culto al placer intelectual. Existe otra bulimia, que es la avidez de conocimiento y saber sin medida alguna. Existen otras adicciones, no ya a sustancias físicas, sino a la actividad intelectual. La mente es tan voraz como el estómago. Si no la educamos, no conoce límites.

Los límites del intelecto


He visto a grandes académicos con una capacidad y un brillo admirables, grandes intelectuales y profesores de inteligencia suprema, que de golpe lo perdían todo. Muchos de ellos estaban pasados de peso, estresados, aquejados de diferentes patologías cardiovasculares. No valoraban el cuerpo, su cuidado, la importancia de unos hábitos sanos. Idolatraron el estudio y despreciaron el mundo físico. Llevaron hasta el extremo sus capacidades cognitivas, ignorando que las neuronas y las conexiones nerviosas que les permiten razonar han de estar bien alimentadas, con oxígeno y nutrientes que posibiliten el buen funcionamiento cerebral. La capacidad de crear un discurso coherente no sólo depende de su inteligencia, sino de algo tan sencillo como el respirar bien y seguir una correcta alimentación.

El mundo intelectual, e incluso el científico y médico, ha minimizado el efecto de una buena nutrición del cuerpo para optimizar sus capacidades. Cuando estamos en la cresta de la ola olvidamos que un día podemos caer en las profundidades del mar. Cuando pisamos el vértice, la cima del éxito, y somos halagados por muchos, no nos percatamos de que estamos presos de una adicción poderosa que cada vez nos exige más. Podemos llegar a creernos dioses, inmunes a cualquier caída. El precio a pagar, a veces, es muy alto. La autoidolatría necesita un escenario para sobrevivir, y sin querer lo estamos creando a nuestro alrededor. Pero el realismo nos hace tocar de pies a tierra: el impacto de una enfermedad, el dolor, el cansancio, una ruptura o un accidente… todo esto nos hace ver cuán lejos estamos de nuestro cuerpo.

He conocido a grandes faros luminosos que se quedaban sin luz. Habían caído en la soberbia de sentirse poderosos e invulnerables, sin darse cuenta de que todos estamos hechos de barro, somos frágiles ánforas que en cualquier momento se pueden resquebrajar. Un día, sin saber cómo, esa vasija se rompe. El cerebro sufre una lesión, o el corazón padece un infarto, o enfermamos y corremos el riesgo de perder un órgano vital.

Reconciliar cuerpo y mente


Es entonces cuando tenemos que emprender el recorrido de vuelta, asumiendo con humildad las secuelas físicas, emocionales e intelectuales de nuestro accidente. No olvidemos que nuestro cerebro es materia y se aguanta por medio de sustancias que le vienen de una buena nutrición; no olvidemos que lo que sostiene el alma, nuestra energía y nuestra salud, es el cuerpo: un cuerpo bien alimentado, sano, equilibrado. El cerebro no sólo nos permite pensar, razonar y trazar estrategias, sino movernos, ver, oír, sentir y generar hormonas que impulsan nuestro metabolismo. Tiene una íntima relación con el aparato digestivo. Es mucho más que una sofisticada máquina intelectual: es el centro motor de todas nuestras funciones vitales, así como las emocionales y psíquicas.

La diosa razón, desde su poltrona, se ha convertido en una dictadora que ha sometido al cuerpo a un estrés brutal, convirtiéndolo en su esclavo. La tiranía de la inteligencia ha sacrificado el cuerpo.

La inteligencia, puesta en su lugar, ha de traducirse en un buen cuidado del cuerpo, de la salud, de las emociones, de nuestros pensamientos. Ojalá descubramos que mente y cuerpo han de estar unidos; que son aliados en la gran misión de construir una vida más armónica y feliz, que entre la mente y el cuerpo está el alma, a quien los dos tienen que servir, sin soberbia ni hedonismo.

Sólo así podremos llegar a una vejez lúcida y gozosa, preparados para dar el salto final, no enfermos, sino saludables y conscientes. Estar sanos es una obligación ética para poder disfrutar hasta el último momento del regalo de la vida.